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Los frutos del orden

Muchos esmaltes cargan historias: recetas heredadas, inventadas o reformuladas para dar color, textura o función. En esta obra, decidí formular esmaltes haciéndome una pregunta: ¿puede un esmalte contener un concepto en su composición?

Partí de la serie Fibonacci y la proporción áurea, no como símbolos místicos, sino como excusa: una estructura preexistente que me permitiera pensar la materia desde una lógica externa. El resultado no busca una belleza visual, sino sentido estructural.

Estos esmaltes nacen desde un pensamiento matemático para volverse cuerpo, capa, superficie.
¿Puede una fórmula ser un gesto poético?
¿Puede el lenguaje técnico del esmalte decir otra cosa?

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